Creencias limitantes: cuando menos es menos

Nadie se libra de tener alguna creencia limitante. Si estás pensando: “Yo, sí”. Sospecha.


Estas creencias restringen nuestra valía personal. De tal modo que una parte del amplio abanico de posibilidades ante nosotros nos parece inalcanzable. Se diría que está hecho para otros.



Qué es una creencia limitante


Se trata de una percepción restrictiva sobre nosotros mismos, que consideramos completamente verdadera y que rara vez, por no decir nunca, pondremos en duda. Aunque probablemente ni siquiera sean ciertos esos juicios sobre nosotros, ni plenamente ajustados a nuestra realidad personal.


Están tan íntimamente arraigados en nosotros que los consideramos verdades irrefutables. Al menos, hasta que la vida, otro ser o una buena inspiración personal nos lleve a reconsiderarlos con nuevos ojos.


Al incluir expresiones limitantes en nuestro diálogo interno, el resultado es decepcionante. Estas ideas restrictivas convierten nuestra vida y nuestro ánimo en una realidad poco favorable para nuestro bienestar y para alcanzar esas exquisitas metas de autorrealización que tanto deseamos.


¿Te suenan estas expresiones?


Tengo que ser más, no puedo, jamás conseguiré ser como… , me cuesta tanto, soy incapaz de…, no sirvo para (y en su peor expresión, no sirvo para nada)… o el tan famoso no debería que, además, puede llenarnos de un molesto sentimiento de culpabilidad.

Las creencias limitantes son como minas en nuestro discurso interno.


Merman nuestra esperanza, el sentido de autoeficacia, la confianza en nuestras destrezas y es posible que nos impidan iniciar proyectos, que bloqueen el esplendor de nuestros recursos, que nos dificulten ilusionarnos con metas atractivas por parecernos excesivas para nuestras capacidades, y seguramente abandonaremos caminos que deseamos transitar por temor al fracaso, a no dar la talla, a equivocarnos, a no agradar o satisfacer los deseos del prójimo.


Estas creencias nos sitúan en la carencia del sí mismo, en esa inquietante idea de que algo no va bien en mí, de que no soy suficiente, y por eso he de cambiar, he de mejorar, he de superar, he de erradicar o, quizá, incluso, por vergüenza, he de ocultar o disimular. En definitiva, no me permiten ser quien realmente soy en plenitud.


En la limitación, nos construimos sobre una imagen basada en defectos y carencias, en incapacidades y comparaciones destructivas con el otro. Esta perspectiva es poco motivadora para cambiar algo que nos parece imposible cambiar. Es también destructiva porque nos empobrece, nos inmoviliza, nos corta las alas y acorta el horizonte. Sin embargo, al no sentirnos a gusto en nuestra piel, no seguiremos adelante desarrollando nuestro peculiar y gran potencial.


Repetidas una y otra vez, lamentablemente nos llevan a actuar de tal modo que acaban por cumplirse y darnos la razón. Lo que crees de ti te orienta en la vida, en tus decisiones, en tus metas y logros, e influye en la imagen que tú te construyes ante ti y ante los demás.


No puedo, no sirvo para


¿De verdad? Hoy me gustaría centrarme en estas dos creencias restrictivas.


Entonces, ¿qué podemos hacer?


Primero:


Toma conciencia de esos no puedo y no sirvo que te dices y píllalos al vuelo. Puedes incluso anotarlos para que al cabo de unos días puedas saber a qué áreas predominantemente hacen referencia. Es posible que te des cuenta de que no abarcan todo tu ser ni todos los ámbitos en los que te desenvuelves: laboral, familiar, social, personal, académico... Eso es ya un logro. Tienes recursos y los estás utilizando en determinados ámbitos de tu vida.


Segundo:


Otórgate al menos el beneficio de la duda. ¿Realmente no puedo? ¿Al menos podría un poco, hasta cierto punto, en parte…? ¿Algo, aunque sea muy, muy, muy poco? En tal caso saboréalo, y siente ese rayito de esperanza, esa chispa que crece en ti. Es el principio del camino hacia poder.


Con esa chispa, podrás avanzar un poco más. Las metas se logran paso a paso, y con perseverancia.


Tercero:


Haz una jerarquía de tus prioridades. Seguramente descubrirás que algunos de esos no puedo, y no sirvo para, son poco relevantes para tus metas más genuinas y deseadas. Con ello soltarás lastre, al no seguir atormentándote por esos no puedo y no sirvo que no son necesarios (o tan necesarios) para tus propósitos.


Por ejemplo: No sirvo para las matemáticas, soy un cero a la izquierda y no entiendo nada. Cuando en realidad lo que yo quiero es ser profesor de gimnasia, abogada, recepcionista o agricultor, feliz, alegre, y sentirme a gusto en mi piel…


En tu vida, cuentan tus verdaderas metas,

no las ajenas ni las impuestas.


En algunos asuntos, sin duda, los no puedo y no sirvo serán muy relevantes. Cierto. Y precisamente en esos es en los que vas a concentrarte. En estas áreas, pide ayuda si la necesitas para avanzar, crecer y cumplir tus sueños, y en ese camino, permítete equivocarte. Errar para acertar es el camino para poder.


Cuarto:

Cultiva con cariño creencias potenciadoras, esas que dan esperanza, motivan y ayudan a crecer y a confiar en tus capacidades, las que ya sabes que tienes y cuentas con ellas todos los días.


Por ejemplo: puedo conseguir este trabajo si me formo adecuadamente y si, cuando llegue la oportunidad, preparo la entrevista y muestro mi potencial y mi verdadera valía.


Quinto:


Elije uno de tus no puedo o no sirvo, y termina estas tres frases para mayor beneficio de tu autoconocimiento. Hazlo sin pensar, dejando que tu mente fluya, y trata de escribir diez terminaciones para cada inicio:

  • Lo bueno de pensar que no puedo (que no sirvo) es…

  • Si estuviera dispuesto o dispuesta a poder (a servir para), entonces yo…

  • Cuando siento que no puedo (que no sirvo), …

Por supuesto, repite con los no puedo y no sirvo que quieras. Haz solo uno por día, ya que no es recomendable una sobrecarga y es más fructífero dejar un espacio sosegado para la reflexión. En este sentido, menos es más.


Para terminar


Solo quiero añadir que tienes un gran potencial. Nadie se libra de ello.

Cada potencial es único y la vida nos brinda la oportunidad de desarrollarlo.

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